19/09/2017
La educación infantil necesita docentes que sean coherentes y eduquen con ejemplo, que se transformen internamente, que no proyecten sus frustraciones o deseos personales.
La educación en valores es uno de los aspectos que más importancia adquiere en educación infantil. El valor de la responsabilidad se inculca desde la más temprana edad, enseñando a los niños y niñas a reconocer las consecuencias de sus actos, posibilitando que se hagan cargo de ellas cuando por la edad es posible. Pero hagámonos una pregunta: ¿los y las docentes (educadores/es y maestras/os) que acompañamos a los niños y niñas actuamos con responsabilidad?
La educación en valores es uno de los aspectos que más importancia adquiere en educación infantil. El valor de la responsabilidad se inculca desde la más temprana edad, enseñando a los niños y niñas a reconocer las consecuencias de sus actos, posibilitando que se hagan cargo de ellas cuando por la edad es posible. Pero hagámonos una pregunta: ¿los y las docentes (educadores/es y maestras/os) que acompañamos a los niños y niñas actuamos con responsabilidad?
Responsabilidad significa
“comprometerse”, “actuar de forma correcta”, “responder por alguien o por
algo”. Podemos ver la responsabilidad como la conciencia acerca de las
consecuencias que tiene todo lo que hacemos o no, sobre nuestra persona o sobre
otras. La responsabilidad en educación infantil adquiere un significado íntegro
y pleno para el o la docente por dos aspectos muy importantes, a la vez que
necesarios para con la infancia. Por un lado, somos responsables de cada
criatura que educamos y de responder por ellas en multitud de circunstancias. Y
por otro, somos responsables de nuestra persona, de nuestros actos y actitudes
y de nuestra forma de “ser” y de “estar” con esa criatura.
La criatura se encuentra en período
de creación (Montessori, M. 1936), es decir, en proceso de construcción de sí
misma y las bases de su personalidad se construyen a partir de las experiencias
que vive en el ambiente (social, educativo y cultural). Se desarrolla como
sujeto a partir de otros, con otros y en oposición a otros (Chokler, M. 1998).
Entendiendo lo anterior, podemos
afirmar que el o la docente favorece e influye en esta construcción y lo hace
por dos caminos:
La criatura tiene gran admiración
por la persona que le acompaña y será su modelo de referencia y de imitación.
La confianza y la seguridad que
deposita en la criatura y en sus capacidades sirven de empuje para su
aprendizaje.
Por tanto, sus actitudes, directas o
indirectas, sentimientos e integridad son determinantes y significativos para
un sano desarrollo de la personalidad del niño y de la niña.
Si la infancia crece en un ambiente
con docentes que la acompañan de manera amable y responsable, donde se tenga
comprensión plena de las fases de su desarrollo y sus verdaderas necesidades
(de moverse en libertad y de juego, de afecto y de establecer un vínculo
afectivo de calidad, necesidad de un ambiente seguro que potencie el desarrollo
de sus capacidades y de respeto y aceptación de su individualidad), podremos,
entonces, apoyar al infante, cultivar su bienestar, favorecer su autonomía,
motivar su aprendizaje activo y fortalecer su autoconfianza.
La educación infantil necesita
docentes que alienten a los niños y niñas a empoderarse, a ser libres, a ser
protagonistas y actores de su propio aprendizaje. Docentes que sean coherentes
y eduquen con ejemplo, que se transformen internamente, que no proyecten sus
frustraciones o deseos personales, que se liberen de prejuicios y viejas
concepciones para reconocer y confiar en el niño y la niña capaz y competente.
Este es el verdadero camino para educar infantes virtuosos y honrados.
Nuestra costumbre es visualizar a un
niño o una niña que aún no ha llegado, olvidando que a quien tenemos en frente,
que puede tener seis meses o cuatro años, no es un proyecto futuro, que
construir o destruir por el adulto o por el sistema socio-educativo, sino que
es un ser presente, que vive y que siente “en el aquí y en el ahora”. Un ser
completo, con necesidades e intereses, que es capaz de construirse a sí mismo
en interacción con el entorno y con las personas que le rodean.
Asumamos la responsabilidad de convertir
la educación infantil 0-6 en un proceso más humano, en el que prevalezca el
interés y el respeto por la persona pequeña y su ritmo de desarrollo sobre la
instrucción y el adiestramiento que marca con demasiada frecuencia este primer
tramo del sistema educativo. Una educación infantil que permita conectar con
cada criatura, donde impere la calma y la tranquilidad para aprender y
desaprender y que permita crecer con originalidad. La infancia tiene derecho a
“ser” y a “estar”, a germinar y a florecer.
Paloma Nuria Gonzalo García. Maestra
de Educación Infantil (Plataforma en Defensa de la Educación Infantil 06)
Bibliografía
Montessori, María. (1936) El niño.
El secreto de la Infancia. Editorial Diana. México
Chokler, Myrtha. (1998) Los
Organizadores del Desarrollo. Un enfoque desde la neuropsicosociología para la
comprensión transdisciplinaria del desarrollo infantil temprano.
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